Fotografía Central

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Bajo capas de polvo y desorden sobreviven las ruinas del antiguo estudio Fotografía Central de Eugenio Courret. La historia no se detiene y una canción chicha se escucha a lo lejos, explicando de alguna manera esta drástica transformación. Entre 1935 y esta tarde de diciembre del 2015, Lima ha cambiado en todo sentido. El espacio abandonado es mágico. Habitarlo nuevamente es una experiencia histórica que me sobrepasa. Sus rotas paredes de quincha y cemento dejan ver rastros de épocas pasadas y un antiguo papel de pared queda expuesto, invitando a imaginar. Ya en mi casa veo fotos antiguas del estudio, busco información, entradas de luz, altura de techos e imagino el lugar. En el archivo virtual de la Biblioteca Nacional encuentro la foto de mi bisabuela con vestido de novia y entiendo que, de alguna manera, parte de mí estuvo también ahí.Arturo Talavera llega de México para ayudarme a desarrollar la técnica de colodión húmedo, un antiguo proceso fotográfico que también se desarrolló en el estudio Courret. Trabajamos con luz natural, cámaras de fuelle y químicos mezclados por nosotros mismos. Después de cuatro días no ha salido ni una foto. Arturo es el experto, prueba si el error está en la cámara, en el colodión que no está maduro o está pasado, en el nitrato de plata, en el fijador que hemos cambiado por cianuro o en el laboratorio que deja entrar un poco de luz. Mudamos el laboratorio a una zona más protegida, cambiamos todos los químicos nuevamente para descartar cada uno. Parece que el error lo produce el nitrato de plata que está contaminado con partículas de polvo. Lo hervimos y lo colamos para solucionar el problema. La experiencia dura quince días y es una reflexión sobre la evolución del proceso fotográfico. Mientras respiro debajo de la tela que me cubre para poder ver el objeto invertido a través del lente la cámara, entiendo mejor la fotografía. El tiempo y la luz, la imagen fiel como espejo. Ciento cincuenta años han reducido el tiempo de exposición y también nuestra paciencia. La historia tiene ahora otros parámetros. Después de varias pruebas comienzan finalmente a salir las imágenes. Todo el esfuerzo hace que cada foto tenga un valor especial. Las rescato todas, los errores son parte del proyecto. Limpio los vidrios, vierto el colodión, sensibilizo, defino el encuadre, expongo, mido el tiempo, revelo. Hoy, después de tres meses de terminado el proyecto, los ambrotipos, ferrotipos y negativos comienzan a hablar de aquellos días de diciembre con esa misma voz mágica. Me pregunto qué pensaría Eugenio Courret si pudiera regresar y ver en lo que se ha convertido su estudio. Se pararía en el balcón y se sorprendería al ver el Jirón de la Unión tan distinto, con bulla, luces y gentes de una Lima informal desconocida para él. Creo que iría corriendo por su cámara, como lo hice yo tantas veces durante esas dos semanas.

Astrid Jahnsen

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   Texto Curatorial

El interés de la artista Astrid Jahnsen por el estudio Fotografía Central fundado por los hermanos Courret y cerrado, casi setenta años después, por Alphonse Dubreuil, puede trazarse en varias direcciones. Su interés por la historia –y la historia de la fotografía en particular–, es ciertamente una de ellas, pero habría que mencionar también su apego al vínculo con el pasado que la fotografía hace posible (en el cual una fotografía de su bisabuela en traje de novia tomada en Fotografía Central desempeña un papel de privilegio) y su consciencia de que la peruana es una sociedad en la que el pasado parece enviarse rápidamente al cajón de lo obsoleto, característica contra la que –como uno comprende apenas conversa con ella– siente que es necesario rebelarse.

En Revelados, un proyecto artístico distinto –aunque vinculado– a este, Astrid Jahnsen busca revivir aunque sea de manera momentánea a los personajes que se retrataron en el Estudio Fotografía Central y permitirles tomar las calles en un intento por recuperar una memoria perdida. En el proceso de ese proyecto, la artista encontró la posibilidad de ingresar al viejo estudio para fotografiarlo tal como estaba a fines del 2015, 80 años después de su cierre definitivo. Se trató, ciertamente, de una experiencia liminar en la que, con recurso a técnicas fotográficas antiguas –negativos, ambrotipos y ferrotipos obtenidos de placas de vidrio con colodión húmedo– la artista interroga un espacio que resultó central para la producción fotográfica en el Perú y para la configuración de identidades e imaginarios que marcaron la historia del país y ahora pueblan, apenas, algunos viejos álbumes familiares.


La cámara y los procedimientos fotográficos antiguos hacen las veces de umbral a través del cual interrogar al presente en busca de las huellas del pasado y devuelven, como en una imagen de espejo distorsionada, la aridez de una época y una cultura que no parece sentir reverencia alguna por el pasado. Retratado con estas técnicas, el abandono en que se encuentra el edificio adquiere una dimensión que recuerda a esas antiguas películas de ciencia ficción en las que una anomalía en el espacio-tiempo permitía a los protagonistas, si no ingresar, al menos atisbar impotentes, como a través de un velo, el flujo del tiempo en otra época. Los negativos, ambrotipos y ferrotipos tomados por Astrid Jahnsen en lo que fue Fotografía Central, este presente-a-través-del-velo-del-pasado, nada nos dicen del mundo de ensueño hecho de telones de fondo y utilería del viejo estudio fotográfico, pero encierran, en su vano intento por rescatar ese mundo del pasado, una dimensión en que la nostalgia y el reclamo ante el olvido puedan dar pie a una narrativa que pretende ser, paradójicamente, el inicio de la abolición el olvido mismo.

Carlo Trivelli

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